Si la enseñanza ha de
ser una actividad dotada de sentido tanto para los docentes como
para los alumnos, leer, pensar y debatir sobre qué enseñar,
cómo y para qué no puede dejar de formar parte, y parte importante,
de la labor cotidiana de los unos y los otros –sobre todo de
los primeros, pues es sobre ellos sobre los que recae una
mayor responsabilidad en cuanto a la concepción y puesta en
práctica del ejercicio de la enseñanza-. No obstante, entre las
funciones que nuestro sistema educativo atribuye a maestros y
profesores no consta ese ejercicio reflexivo y crítico común
que supone tratar de comprender qué es educar y por qué y para
qué merece la pena educar.
Reunirse
con los colegas de profesión y con alumnos de distintos niveles para
intercambiar experiencias, críticas, expectativas e ideas, tiene ya
en sí mismo un gran valor. Pero si a ello sumamos la extrema
gravedad de la situación en la que se encuentra la enseñanza
pública en España, la necesidad de estar cuantos más mejor, juntos
en la concienciación y en el espíritu de resistencia, no puede ser
mayor. De acuerdo en que la enseñanza pública nunca ha disfrutado
en nuestro país de unos niveles aceptables –siempre lastrada e
impedida por obstáculos sociales y políticos y por la dichosa
insuficiencia económica- pero ahora la línea de flotación del
barco está empezando a no verse...
Este
pasado fin de semana se ha celebrado en la localidad de Marinaleda la
I Escuela de Otoño de Marea Verde de Andalucía. En las
instalaciones municipales que el Ayuntamiento ha puesto gratuitamente
a disposición de Marea Verde, algo más de cien maestros, profesores
y alumnos nos hemos encontrado para debatir sobre los problemas que
afectan al sistema de enseñanza, atendiendo sobre todo a los que se
derivan directamente de las políticas de recortes de derechos
sociales. En general, hemos hablado sobre el modelo de enseñanza y
de sociedad que queremos.
El
programa incluía grupos de trabajo sobre tres áreas temáticas:
sobre las condiciones laborales de los docentes y la estructura
del sistema educativo; sobre métodos pedagógicos y finalidades de
la educación; sobre el modelo de educación que queremos y su
relación con otro tipo de sociedad, muy distinta a la que ahora
sufrimos. Cada grupo de trabajo dedicó horas a proponer ideas,
discutirlas, matizarlas; posteriormente, en asamblea plenaria, cada
grupo expuso sus conclusiones. Aunque no deberíamos hablar de
"conclusiones": como quiera que surgieron muchas ideas, en
las que no siempre todos estábamos de acuerdo, y que éste era sólo
el primer encuentro, la última asamblea plenaria constituyó un
punto de partida. Salió de ella el compromiso de celebrar una
Escuela de Primavera, también en Marinaleda, los días 4, 5 y 6 de
abril.
No
todos estaban o estábamos de acuerdo en todo lo expuesto por los
tres grupos –cosa natural, por otra parte-. En cualquier caso, sí
pudo constatarse un acuerdo unánime en torno a ciertas ideas
fundamentales del tipo de escuela que proponemos como alternativa a
la actual:
Escuela
pública:
con clara vocación de ser una misma para todos, cumpliendo una
función integradora y formativa para una sociedad más cohesionada.
Se propusieron ideas como la de acabar con la red concertada de
centros, o la de eliminar de una vez por todas el término "calidad"
de las reflexiones y declaraciones sobre la enseñanza, por
pertenecer al ámbito de la gestión neoliberal de la empresa
privada.
Escuela
laica:
basta ya de adoctrinamiento en los espacios docentes. El carácter
laico de la escuela es una condición necesaria para la formación
de ciudadanos conscientes del significado de la libertad religiosa.
Las clases de adoctrinamiento religioso han de desaparecer de la
escuela.
Escuela
democrática:
una escuela que eduque para la democracia ha de ofrecer ya en sí
misma y por sí misma un espacio y una ocasión constante para el
ejercicio de la práctica democrática por parte de todos los
miembros de la comunidad educativa. Se habló del valor educativo
del asambleísmo, o de la necesidad de recuperar las atribuciones y
la importancia de los claustros y consejos escolares.
Escuela
que forme
ciudadanos, no obreros:
un sistema de enseñanza abandonado a los poderes fácticos es –las
investigaciones de la sociología de la escuela lo vienen poniendo
de manifiesto desde hace décadas- un sistema que reproduce las
desigualdades sociales, formando por un lado elites destinadas a los
puestos de influencia social y por otro una gran masa de condenados
de por vida a la precariedad y la flexibilidad laboral. Sólo
un cambio radical de las estructuras educativas, que pase por
la toma de conciencia por parte del profesorado acerca de la
conexión entre las estructuras educativas actuales y las
desigualdades sociales y económicas, puede revertir esta
situación y avanzar hacia la efectiva realización de la
igualdad de oportunidades, fomentando en los alumnos el afán
crítico y la iniciativa democrática.
Estas
ideas no tienen sentido si los cambios en la escuela no van
acompañados de cambios en la sociedad. La escuela por sí sola
no puede compensar las dinámicas excluyentes de la sociedad de
mercado.
Tras
leer esto es probable que algunos os estéis preguntando: ¿qué
documentos hay de este encuentro, qué programas hay por escrito de
acción para el futuro? O ¿a qué resultado se llegó
entonces? O ¿de qué vale tanto hablar si no se puede hacer nada?
Las valoraciones acerca de los asuntos educativos, como
cualesquiera otras valoraciones, son presa de esquemas de
pensamiento muy arraigados, de los que cuesta mucho trabajo zafarse.
En concreto, nuestro modelo social, institucional y político va
acompañado por ciertas creencias paralizantes que todos
compartimos en mayor o menor medida:
La
creencia en la burocracia:
lo que no esté por escrito no ha sido, no es y no será.
La
creencia en que sólo hacer desde el
poder es
hacer: tratar
que los de abajo hagamos algo entre nosotros no vale para nada, sólo
vale lo que se haga desde arriba; los de abajo no podemos más que
perder el tiempo.
La
creencia en que lo que no nos incumbe a cada cual, en el fondo, no
es real: para qué
reunirse, debatir, movilizarse... ¿para qué? Yo a lo mío, a
procurar sacar adelante mis problemas, que ya son bastantes, y con
respecto a los problemas sociales no hay nada que hacer...
Este
tipo de actividades de compromiso y encuentro entre los que
compartimos intereses comunes, si pueden valer o tener algún
sentido, es justamente porque no estén forzadas a dar unos
resultados bien definidos, puestos por escrito, y visibles de
inmediato en forma de cambios institucionales y sociales. Se trata de
otra cosa. Termino recordando, a propósito de esto último, una
intervención de un compañero: "de aquí me voy animado y
decidido a continuar con el espíritu de estas reuniones; por lo
pronto el lunes mismo voy a poner en práctica con mis alumnos dos
ideas que he escuchado y me han parecido buenas".
Ana del Moral